No podemos negar que lo acontecido con La Polar ha sido un fuerte golpe al prestigio de la actividad empresarial. Sus causantes, directos e indirectos, han dañado la imagen de un quehacer que, desenvolviéndose con responsabilidad social debiera aportar trabajo, bienestar y riqueza al país.
Lo principales perjudicados, en cuantía pecuniaria, los accionistas. Entre ellos nosotros, a través de los fondos de las AFP. Las administradoras confiaron en los balances y los informes de las revisoras de cuentas, motivando su compra de acciones . Los organismos del Estado, destinados a precaver situaciones como la indicada, fueron ineficaces, y los miles de poseedores de tarjetas de crédito de esta empresa, paradójicamente dueños de parte de la misma, a través de sus fondos de pensiones, también sufrieron repactaciones inconsultas, con intereses leoninos, provocando además del daño económico el moral.
Los causantes que se movieron en la sombra para burlar controles y profitar, fueron altos ejecutivos que engañaron al Directorio entregándole cifras alegres que les permitieron obtener abundantes ingresos a través de importantes de premios por resultado, que obedecían a engaño.
Para ellos ha comenzado la cuenta regresiva que esperamos los lleve a rendir apretada cuenta de su quehacer delictivo y a pagar la deuda contraída con la sociedad aprovechándose de la buena fe e ingenuidad de quienes debieron ser desconfiados y responsables.
¿Quiénes son los ingenuos que ahora se lamentan?
En primer término los Directores, que representando a numerosos grupos de accionistas, sin tener gran interés personal en el asunto, actuaron con desidia, poca acuciosidad, desapego, en razón directa a su carencia de inquietud cuando de cautelar recursos propios se trata. Había señales, cifras extrañas, que no coincidían con las que debían ser y que pudieren haber alertado para iniciar con prontitud un estudio más a fondo de la realidad que la empresa afrontaba. Esto va también para los entes reguladores cuya actitud pasiva, por años, deberá rectificarse a la luz de estos acontecimientos.
Las Administradoras, que trabajan con dinero ajeno, también debieron extremar el cuidado de sus inversiones yendo más allá de lo habitual. Hoy deben lamentar las pérdidas aunque pareciere que estas podrán recuperarse si alguien, con capital e interés propio se arriesga y decide invertir y controlar, de verdad, el negocio.
Finalmente entre los ingenuos están los que adquieren tarjetas y con ellas bienes, con intereses usurarios. Que no leen la letra chica. Que se endeudan más allá de sus posibilidades. Que no saben decir NO cuando le ofrecen un crédito tentador en apariencia pero que encierra una deuda que no se podrá solventar.
Las repercusiones son muchas. En términos globales, lo de La Polar es una pistucia. Las recientes grandes crisis en USA , Japón y Europa siguen todas el mismo derrotero. Créditos a granel, desaprensión en los controles, burbujas de desarrollo que eran solo eso y, finalmente, falencia de pagos con las consiguientes quiebras y derrumbe del andamiaje financiero, sustentado en la banca.
Moraleja: Al igual que el dicho “en boca cerrada no entran moscas”, en materia de créditos, hay que mantenerla bien apretada, diente con diente, para evitar que nos acaricien la lengua con el dedo.
Christian Paulsen E-P.
Periodista y Concejal de Concepción







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