El tono que ha adquirido el debate político nos retrotrae a la década de los 60 y comienzo de los 70 en que las ideas, proyectos y discusiones de altura cedieron lugar a expresiones y contenidos que devinieron en la crisis que el país vivió.
No solo fue la clase política la que se enzarzó en la suerte de arañazos e improperios que derivaron en la interrupción del sistema político que nos regía. Fueron las instituciones y personas que, insertos en una sociedad en proceso acelerado de descomposición, evidenciaba, a través de los medios, el nivel de degradación a que había llegado la comunicación al punto de interrumpirse absolutamente.
Hoy observamos el inicio de un proceso similar con la diferencia que en este interviene de manera directa la población, sin intermediarios, volcando en las redes sociales toda la bilis que poseemos con el agravante del anonimato y la impunidad, haciendo de inocentes blogs, creados para intercambiar visiones, cloacas receptoras del submundo que campea hasta “en las mejores familias”.
So pretexto de la probidad y transparencia se revelan conversaciones privadas y se ventilan opiniones de personeros subalternos creando suspicacias y recelos donde no debía haberlos. Y lo que es peor, sacando de contexto intervenciones realizadas al calor de la improvisación para permitir afirmar la existencia de contradicciones y falsedades donde nunca las hubo e insertando, en el inconciente colectivo, un error de concepto difícil de revertir.
Nos parece por tanto necesario para la salud de la convivencia social resguardar un punto de encuentro en el que se respeten las reglas. Un cuadrilátero en el que rijan y se observen las normas del “Marqués de Queensberry” y en el que “árbitros y jueces ilustrados y probos” diluciden adecuada y reservadamente el comportamiento de cada cual.
Adscribo a la teoría de la Responsabilidad Social de La Prensa en la que esta, a través de los medios que la tecnología pone a nuestra disposición, le permita erigirse en un estadio en el que la información fluya libremente, con respeto a las personas, con equilibrio y simultaneidad en los hechos contradictorios que presenta, en que las opiniones vertidas pertenezcan a los actores y en que la inteligente y profunda investigación de los profesionales de la comunicación, los periodistas, garantice la idoneidad de los instrumentos que aportan las ideas en conflicto.
Los diarios, radios y canales no pueden transformarse en receptáculos de twitters o facebooks cuyo origen y confiabilidad es difuso y precario. Los medios, para cumplir a cabalidad su misión, tienen que tener credibilidad, la que se obtiene mediante la intervención profesional, no sesgada, oportuna y veraz de los elementos con que cuentan para informar a la opinión pública. Solo ello les permitirá que la preferencia del público no sea efímera.
Finalmente, en el ámbito que nos ocupa, los profesionales de la comunicación debemos separar la paja del trigo. No dejarnos sorprender por los que persiguen, con cualquier aparente novedad un fugaz momento en pantalla, programa radial o página escrita. Este proceder ha desgraciadamente redituado temporalmente, incentivando su contribución a la degradación del quehacer público lo que conduce, como lo señalamos al inicio, a lesionar nuestra convivencia al punto de un eventual quiebre no deseado.
Christian Paulsen Espejo - Pando
Periodista







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